lunes, 29 de junio de 2015

De Cosas Rotas

Me gustan los corazones rotos, pero no las almas.
Los corazones rotos están completos, metafóricamente, las almas rotas están incompletas metafórica pero eternamente. Una métafora es valiosa en tanto su significado es efímero, se pierde y se reinventa con tras palabras más nobles, más limpias. Un alma rota lo está siempre, sin sinónimos, interpretaciones ni adjetivos añadidos.
Pero no me gustan los corazones rotos por los mismos motivos que la gente ruega por encontrarlos. Los corazones rotos que no quieren producir un dolor similar a aquel que produjo su ruptura son inmaduros; son más parecidos a las almas rotas que, en su descomposición, no terminan de entender el mundo que las rodea. Un corazón roto que intenta no romper otros busca vivir en sus propios términos artificiales e insostenibles, como las almas rotas que buscan romper aquellas que se cruzan en su camino. Son los términos opuestos del mismo espectro.
Los corazones rotos me gustan por su constitución absoluta. Los corazones rotos saben que, en su dolor, son más grandes. No por el dolor en sí sino por la resolución del conflicto que se crean. Un corazón roto sabe que el dolor no mata, engrandece. No como los mártires, sino como los sabios. El dolor del corazón roto es la tinta que escribe poemas, la pintura que colorea entornos, la música que reduce distancias. El alma rota es la presencia que no lee los versos, que no constriñe los colores para formar figuras y a la que la música sólo le parecen sonidos. Un corazón roto es el extremo más allá de la vida que se presenta antes de la muerte. Es el cielo mezclado con el infierno que sin ser divinos podemos conocer, es el más allá del aquí y ahora; un corazón roto sana, aprende, aprehende. Un alma rota sólo se desvirtúa más, se vuelve divina pero dantesca. Se vuelve el extremo de otro espectro menos humano, absolutamente divino pero más oscuro.
Mientras un alma rota, en su transcurrir lleno de pena intenta impregnar su imperfección en muchas otras, un corazon roto no busca no volver a romperse, busca el motivo que valga hacerlo de nuevo.

jueves, 25 de junio de 2015

He muerto tantas veces

He muerto tantas veces. Es paradójico. Entre más experimento la muerte menos puedo definir cómo se siente, mis músculos lo han aprendido pero no puedo interpretar ya esa sensación; como el cocinero que sabe por omisión la cantidad adecuada de cada ingrediente y el doctor que poco tiene que evaluar al paciente después de años de experiencia. Se dice que la muerte marca la trascendencia de la vida, lo efímero tiene valor por que desaparece, la vida tiene valor porque termina...
Le conocí hace bastante tiempo, entre confusión, experimentos, trabajo y desdicha. En cierta forma era ella quien permitió que continuara haciéndolo a pesar de haber perdido el sentido para mi, mis términos los empeñé, dejé de considerarlos. Mi vida era tan monótona que perdió toda importancia, ella era tan efímera que se la devolvió.
Desafiaba la autoridad mirándola a los ojos, desobedecía alzando la barbilla, reía y lloraba con la misma expresión de tranquilidad. En ella había un contraste inexistente. Para cuando se dio cuenta que era algo valioso para mi las cosas habían cambiado. O tal vez precisamente por haberse vuelto algo valioso para mi había comenzado a tener contrastes. Yo, que he muerto tantas veces, en cierta forma experimenté ver a alguien de importancia morir cuando sentí que la asesiné, metafóricamente. La autoridad se impuso sobre ella, la desobediencia comenzó a acompañarse de la vergüenza. La risa se separó de la tristeza. Era la misma pero dejó de ser tan etérea como un ente real puede serlo. Al darle importancia ella no supo manejarla. ¿Importancia para qué? Ella no había muerto nunca pero entendía que la trascendencia de la vida está en su irrelevancia, en su absurdo momentáneo que es absurdo por momentáneo. Recorríamos pasillos de la corporación experimentando con vacuidad, el sinsentido de esperar a que la vida cobrara sentido nos había alcanzado. Buscábamos trascendencia, solos, con otros, el uno en el otro y jamás la encontramos. Para los que son  como yo, sin especie, la muertes se detiene con la trascendencia. La vida se me arrebata cuando más deseo conservarla. Ella en cambio es eterna en su transcurrir efímero, el tiempo se detiene arbitrariamente, sumándose a la locura que compone la existencia de los que tienen especie. Se me asignó una misión que no recuerdo, realicé una misión que sí recuerdo... Y no encuentro el punto de convergencia. La probabilidad de haber errado en mi asignación es gigantesca y, sin embargo, no parece más importante que la importancia automática que la mente le concede a respirar.
Ella encontró un más allá, lejos del mio. Pero mi aquí era ella y en cierta forma entendía que no podía dejarla. Luche por ella y la destruí, lo que le hice perpetuaría su aparente peso trascendental, jamás volvería a ser efímera y momentánea... por mi. No resistí, traicionarla a ella era una sensación más aterradora que traicionarme a  mi mismo o mi tarea, traicionarla a ella calaba más profundamente en mi que el anhelo de desear la vida.
Cuando encontró el más allá volvió a ser intrascendente, y me encantó.
Morí, cuando más deseaba vivir, y morí para siempre sintiendo hasta el más mínimo roce de la oscuridad sobre mi cuerpo, el velo de la disolución sobre mi mente, morí para siempre sabiendo que no estaba muriendo por última vez sino viviendo por primera ocasión.